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Ecosistemas
del Parque Nacional
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La principal característica
que ofrece Sierra Nevada es la extraordinaria abundancia de especies, favorecidas
por su gran altitud que, junto con su compleja topografía, permite la
existencia de distintos segmentos climáticos. Igualmente son de especial
importancia su baja latitud, así como la variedad litológica.
La franja entre la cota cercana a los 3.500 metros, hasta que se alza la cumbre
del Mulhacén, permite que en el Parque Nacional coexistan cuatro pisos
bioclimáticos dependiendo de su altura.
Sierra Nevada es una descomunal escalera donde tienen cabida, a excepción
del piso inframediterráneo que se reduce al Norte de África, el
resto de los pisos bioclimáticos de la región Mediterránea,
circunstancia única que no se da en ninguna otra cordillera de la Península.
Además el piso crioromediterráneo, presente por encima de los
2.900 metros, es exclusivo en las cordilleras Béticas, lo que le dota
de un extraordinario valor botánico dado el enclave geográfico
meridional de Sierra Nevada.
El Parque Nacional lo componen los pisos supramediterráneo entre 1.200
y 2.000 metros, el oromediterráneo entre los 2.000 y 2.900 metros y por
último el crioromediterráneo que cubre las máximas alturas
de la sierra. Por debajo de éstos, el piso mesomediterráneo no
se encuentra dentro del Parque Nacional.
Representación de los tipos bioclimáticos del P.N. Sierra Nevada.
La
peculiaridad de este clima ha permitido que en este territorio se hayan salvado
de la extinción numerosas especies vegetales, que hoy son endemismos
únicamente existentes en este Parque, ya que desaparecieron hace mucho
tiempo en otros lugares. Estas mismas condiciones han permitido, asimismo, el
desarrollo de nuevas especies que sólo se encuentran en Sierra Nevada.
Existen alrededor de 65 especies exclusivas y 175 endemismos ibéricos.
Además se encuentran representados 65 de los 181 taxones que componen
el catálogo regional de flora silvestre amenazada.
Al igual que sucede con las plantas, son multitud los pequeños organismos
que se adaptan a las condiciones climáticas existentes en este territorio.
Estas condiciones empujaron a muchas especies de los antiguos glaciares a buscar
esta zona de bajas temperaturas en el periodo postglaciar, provocando la aparición
de endemismos o especies exclusivas. Los endemismos más numerosos que
alberga el Parque Nacional de Sierra Nevada se encuentran entre los invertebrados.
Entre los vertebrados el mayor número corresponde a las aves.
Con todo esto distinguimos principalmente dos grandes ecosistemas:
LA ALTA MONTAÑA
Este ecosistema englobaría a los pisos bioclimáticos oromediterráneo
y crioromediterráneo. En invierno, el aislamiento del macizo que sobresale
1200 metros sobre los que le rodean lo convierten en la cara donde tropiezan
las borrascas del levante mediterráneo, los frentes atlánticos
de poniente, o los más fríos temporales del norte o noroeste,
de modo que cualquier inclemencia entra rápidamente en sus cimas. Fuertes
vientos, ventiscas, nieblas o nubes de montaña que roban la visibilidad,
bajadas bruscas de temperatura y cambios imprevistos de las condiciones de la
nieve, son habituales en el invierno de Sierra Nevada.
El verano sin embargo es soleado y seco, de escasas precipitaciones.
Una característica que la hacen especial es su cercanía al cálido
mar de Alborán, que suaviza las duras condiciones de alta montaña,
en la que la más mínima irregularidad del terreno produce un pequeño
nicho natural que puede acoger a diferentes especies. Será la topología
del terreno en cuestión la que determine el tipo de vegetación
y fauna que albergue, aunque con otro importante condicionamiento, como es el
de la pluviosidad. La alta montaña se caracteriza por ser húmeda
ya que recibe precipitaciones entre 1.000 y 2.000 mm anualmente.
En su interior encontramos unos ecosistemas únicos, desde los pastizales
de alta montaña, piornales, bosques caducifolios, hasta matorrales mediterráneos,
que hacen de esta Sierra un lugar con una elevada diversidad biológica.
Así, este enclave, presenta una de las floras más valiosas de
toda Europa, con más de 2.000 plantas catalogadas de las cerca de 8.000
que existen en la Península Ibérica. Es precisamente en la alta
montaña, en los "cascajares" y "borreguiles", donde
se localizan la mayoría de las más de 60 especies exclusivas de
Sierra Nevada. Entre ellas, la estrella de las nieves, la amapola de la sierra,
la violeta de Sierra Nevada y la manzanilla de la sierra son las más
conocidas.
Aquí viven más de 60 especies de aves, no sólo típicas
de montaña (águila real, acentor alpino), sino también
pájaros de zonas menos agrestes (oropéndola, abubilla, chochín).
Entre los mamíferos, es la cabra montés la que se deja ver con
más facilidad. La fauna invertebrada también adquiere importancia,
con más de 80 insectos endémicos.
El nivel oromediterráneo ocupa las laderas altas y cumbres entre los
2.000 y 2.900 metros. Se identifica como dominio forestal porque sus condiciones
climáticas impiden la presencia de cultivos agrícola, con temperaturas
anuales medias que oscilan entre 4 y 8 grados centígrados, que en el
mes más frío descienden hasta 4 grados bajo cero.
Son destacables tres aspectos de este piso en comparación con otras alturas
de 2000 metros de la Bética:
Primero, seguir manteniendo un número elevado de endemismos junto con
el piso superior.
Segundo, la abundancia de borreguiles (prados higrofílicos), cuya existencia
deriva de la geomorfología del periodo glaciar, que con la presencia
de agua han producido los actuales prados húmedos.
Tercero, participar de un doble sustrato, silíceo que es el mayoritario
y carbonatado, lo que se traduce en la existencia de dos comunidades vegetales
diferenciadas, hecho totalmente atípico.
La franja caliza del piso oromediterráneo aparece en la vertiente occidental.
La vegetación climax es un bosque abierto de pino salgareño (P.
nigra subsp. clusiana) y pino albar o silvestre (P. sylvestris subsp. nevadensis),
con arbustos como enebros y sabinas rastreras (Juniperus sabina, J. communis
subsp. hemisphaerica, Prunus ramburii) junto a plantas de menor porte como el
torvisco (Daphne oleoides).
En la primera fase de degradación del bosque, sobre suelos frescos y
profundos se desarrolla un matorral espinescente agracejo (Berberis hispanica),
majuelo (Crataegus monogyna) y endrino (Prunus rambuii).
Cuando las condiciones desfavorables se acentúan (suelos pedregosos,
crestas poco resguardadas) coloniza el piornal, matorral de aspecto almohadillado
y espinoso (Genista versicolor).
En los suelos silíceos la vegetación se caracteriza por la inexistencia
de especies arbóreas, debido a la pobreza del suelo, la alta xericidad
estival y la abundancia de nieve invernal. Se desarrollan piornales y enebrales,
formando comunidades ricas en caméfitos fruticosos y hemicriptófitos
(Festuca indigesta, Arenaria imbricata).
En áreas calcáreas a elevada altitud (Dornajo, cabecera del río
Dúrcal), y a causa de la escasez de suelo, se desarrolla un espinal con
sabinas y enebros, mezclado con un tomillar almohadillado (Sideritis carbonellis
y Astragalus granatesis).
Por último, es característico del piso oromediterráneo
nevadense, los prados higrófilos o borreguiles. Son botánicamente
excepcionales al estar plagados de endemismos nevadenses (cerca de un tercio
de las plantas de la alta montaña de Sierra Nevada se concentra en los
borreguiles). Necesitan siempre de suelos profundos y encharcados o húmedos
que sean capaces de mantenerse así durante la estación seca. Las
plantas de estos hábitats están doblemente especializadas, pues
son propias de montaña pudiendo permanecer largas temporadas bajo la
nieve, y además están adaptadas a la humedad y encharcamiento.
Son propios de estas zonas los musgos (Bryum), la tiraña planta carnívora
endémica (Pinguicola nevadensis), cervuno (Nardus stricta) y la estrella
de las nieves (Plantago nivalis) uno de los endemismos más emblemáticos.
El nivel crioromediterráneo comienza a partir de los 2.900 metros de
altura y tiene temperaturas medias anuales por debajo de los 4 grados y con
mínimas en los meses más fríos que nunca superan los 7
grados bajo cero. En las zonas de alta montaña (a partir de los 2900
m) se dan unas condiciones ecológicas que impiden el desarrollo de la
vegetación arbórea, esto es debido a las duras temperaturas que
se hacen heladas durante el invierno. Esta circunstancia es clave para explicar
que la vegetación en las zonas altas del Parque, donde las temperaturas
son más bajas, esté compuesta sobre todo por un pastizal de hojas
pequeñas y persistentes y por arbustos enanos, gramíneas y líquenes,
especializados en sobrevivir en un periodo vegetativo muy corto, cercano a tres
meses. Son además plantas cuya altura está controlada por el espesor
de la nieve durante el invierno.
Presentan un gran interés y constituyen uno de los aspectos más
singulares de Sierra Nevada. Estos pastizales están compuestos por un
gran número de especies endémicas (hasta el 40%). Un buen bioindicador
de este piso es el endemismo Festuca clementei. Además también
encontramos especies amenazadas como la manzanilla real (Artemisia granatensis)
y otras como Arenaria tetraquetra subsp. amabilis , Hormatophylla purpurea.
Los canchales "cascajares" están muy extendidos y en ellos
viven gran número de especies, con adaptaciones para resistir estos ambientes:
la violeta de Sierra Nevada (Viola crassiuscula), Linaria glacialis.
En los paredones rocosos son frecuente las especies que colonizan grietas y
repisas: Saxifraga nevadensis, Arabis alpina.
Fauna en la alta montaña:
Pese a poseer en torno a 51.000 has por encima de los 2.000 metros, no existe
a esa altura una comunidad compleja permanente de animales vertebrados, debido
a las duras condiciones climáticas de esa zona. Son escasos los vertebrados
que pasan el invierno en las cotas superiores, prácticamente reducido
a dos aves: el acentor alpino (Prunella collaris) y el mirlo capiblanco
(Turdus torquatus). Entre los mamíferos, la cabra montes (Capra
pyrenaica) es la especie más emblemática del parque. También
encuentran cobijo a estas alturas el topillo común (Pytimis duodecimcostatus),
más propio de zonas húmedas a menor altura y el topillo nival
(Chionomys nivalis), que instala sus galerías en zonas rocosas,
así como a los animales a quienes sirven de presa como las comadrejas
(Mustela nivalis).
Durante el otoño, la alta montaña puede recibir la visita de mirlos,
jilgueros (Carduelis carduelis) y grupos de cernícalos (Falco
tinnunculus).
Estos son los dominios de la collalba gris (Oenanthe oenanthe), la alondra
común (Alauda arvensis) y el colirrojo tizón (Phoenicurus
ochrurus). Entre los roquedos podremos observar al roquero rojo (Monticola
saxatilis), que debe su nombre a la coloración roja del pecho del
macho que contrasta con el negro azulado de su cabeza.
A estas alturas podemos ver bandadas de chova piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
que instalan sus colonias en los escarpes y oquedades. Rasando las paredes de
los tajos y peñones surge el águila real (Aquila chrysaetos)
que utiliza estas alturas como terreno de caza. También podremos avistar
algún buitre leonado (Gyps fulvus), y a la perdiz común (Alectoris
rufa) que llega a subir hasta los 3.000 m.
A estas alturas, además de los endemismos botánicos, existen más
de ochenta insectos endémicos. Los condicionantes de la alta montaña
confieren a estos animales unos caracteres específicos: son en general
de color negro, tienen el tegumento duro y han perdido la facultad de volar.
LA
MEDIA MONTAÑA.
Compuesto por el piso bioclimático supramediterráneo que va desde
los 1.200 a los 2.000 metros, con frío invernal acusado. La media montaña
se caracteriza por ser subhúmeda, ya que recibe precipitaciones entre
600 y 1.000 mm anualmente. Estas características lo convierten en territorio
de caducifolios como los melojares o robledales (Quercus pyrenaica) o
bosques de robles melojo, últimas reliquias de un valioso ecosistema
donde se refugian plantas atípicas para estas latitudes, y un buen número
de endemismos del piso supramediterráneo bético amenazados de
extinción. El roble es una especie resistente que marca el paso de un
clima mediterráneo a otro atlántico, sustituyendo al alcornocal
en estas alturas. Ocupan las laderas medio-altas de Sierra Nevada sobre sustratos
silíceos y ambientes húmedos capaces de retener humedad durante
el verano, por ello se reducen a enclaves favorables donde la insolación
está atenuada. La comunidad está dominada por robles y la arbustiva
rascavieja (Adenocarpus decorticans), aunque pueden encontrarse otros
árboles como el quejigo (Quercus faginea), mostajo (Sorbus
aria), serbal (Sorbus torminalis) y cerezo silvestre (Prunus avium).
En el fondo de algunos barrancos de la cara norte, aparecen los arcerales (Arcer
granatense, A. monspessulanum) y fresnos (Fraximus angustifolia)
En la vertiente alpujarreña el roble alterna con la encina (Quercus
rotundifolia). Los encinares se sitúan entre los 1.300 y los 1.700
m, aunque en algunos enclaves pueden alcanzar los 1.900 m de altitud. Se desarrollan
tanto en suelos carbonatados como sobre rocas ácidas.
El encinar propio de este piso se caracteriza por una menor densidad y porte
de los ejemplares, esto disminuye el microclima boscoso que también afectará
a la presencia de los estratos inferiores como arbustos, trepadoras, herbáceas
y musgo que dependen de él. La comunidad la domina la encina y, dependiendo
del tipo de suelo y altitud alterna en ocasiones con caducifolios como los quejigos
(Quercus faginea) escasamente representados y el arce. Son frecuentes
arbustos como enebros (Juniperus oxycedrus), torvisco (Daphne gnidium),
rusco (Ruscus aculeatus), agracejo (Berberis hispanica) y majuelo
(Crataegus monogyna), sobre suelos básicos. En enclaves con menor
altitud son frecuentes el lentisco (Pistacia lentiscus), acebuche (Olea
europaea sylvestris) y zarzaparrilla (Smilax aspera). El encinar
silicícola es pobre en especies; además de la encina aparecen
enebros, torvisco y madreselva (Lonicera etrusca).
Fauna.
Estas zonas boscosas son habitadas, de forma más o menos constante, por
el pito real (Picus viridis) y el agateador común (Certhia
brachydactyla). Junto a ellos, podemos ver algunas especies sedentarias
como el carbonero común (Parus major), el carbonero garrapinos
(Parus ater) y el herrerillo común (Parus caeruleus), que utilizan
los orificios de los troncos para hacer sus nidos. Posados en las ramas de los
árboles podemos ver al escandaloso arrendajo (Garrulus glandarius)
y al mirlo común (Turdus merula).
Entre los visitantes típicos de primavera, podemos encontrar al reyezuelo
(Regulus ignicapillis), los mosquiteros (Phylloscopus collybita),
las currucas (Sylvia atricapilla, S. communis) y al pinzón vulgar
(Fringilla coelebs).
Ya en tierra firme y en zonas abiertas, podemos tropezarnos con grandes ejemplares
de culebra de escalera (Elaphe scalaris), alguna culebra lisa (Coronella
girondica), lagarto ocelado (Lacerta lepida) o con el sapo corredor
(Bufo calamita).
Entre los mamíferos, el zorro (Vulpes vulpes) es frecuente en
estas zonas aunque a veces sale a cazar a los herbazales. La comadreja (Mustela
nivalis) disputa conejos y liebres a otros mamíferos. El tejón
(Meles meles) y la gineta (Genetta genetta), aunque comunes, son
muy difíciles de ver ya que presentan hábitos nocturnos.